viernes, 6 de noviembre de 2020

Un Toque de Locura





 Hace algunos días recibí ´por gentileza de Francois de Smet, este  libro, que ya tenía en mi biblioteca pero publicado en francés. Ahora por fin pude saborear los relatos de don Pablo de Smet, sobre la odisea de venirse a Chile y a la Patagonia después de la Segunda Guerra Mundial.

El libro fue editado por  RIL Editores en Santiago de Chile en el mes de septiembre de este año y me imagino que se podrá conseguir en esa editorial.

Don Pablo, tenía muchas habilidades narrativas y en verdad es un goce leer sus aventuras y desventuras. Eso si, que me faltó más Chile Chico. En general el libro habla de los belgas, pero no cuenta mucho de como era el pueblo al cual  llegaron, ni tampoco nombra a personajes conocidos de la zona. Creo que el objetivo del relato era darle a conocer a los familiares y amigos en Bélgica de todo lo vivido. Es un libro entretenido y que nos permite conocer la intimidad de un grupo de ciudadanos belgas que por poco más de 20 años vivieron en Chile Chico.  Don Paul o don Pablo como le decimos nosotros, escribió otras obras, entre ellas una novela magnífica llamada El Vizingo.

           Les recomiendo este y sus otros libros por lo entretenido de los relatos 

jueves, 5 de noviembre de 2020

Aventura en la nieve

   Este precioso relato me lo envió Francois de Smet, hijo de don Paul de Smet y me autorizó a publicarlo. Es una bella historia, que como muchas otras historias de la Patagonia ,vale la pena conocer.. También me envió el libro  Un toque de locura, del cual es autor don Paul de Smet ,y que yo tenía en francés, pero ahora lo pude disfrutar en español





miércoles, noviembre 23, 2005

AVENTURA EN LA NIEVE

ESTE RELATO ES PARTE DE UNA CARTA ENVIADA POR PAUL DE SMET D'OLBECKE K., CONOCIDO COMO PAPINO, A SUS HIJOS EL AÑO 1975.
DISFRUTEN DE ESTA GRAN AVENTURA...

Coyhaique, 12 de julio de 1975.

Mis queridos,

Desde hace varios meses venía pensando que ya basta, alcancé una edad suficiente para jubilarme en alguna forma, y había decidido tomarme las cosas con calma y ecuanimidad; vendrían como vendrían, ya no me impacientaría por la lentitud de las comunicaciones y viajaría únicamente cuando tuviese la seguridad de llegar tranquilamente a destino.
No más vuelos en turbulencias locas, no más viajes en cocteleras, ni por caminos donde cada trecho resultase una proeza a causa de los ríos, del barro o de la nieve.
A pesar de esa sabia resolución y de mis lindas intenciones, acabo de vivir una aventura que les voy a contar ahora .
Francamente por momentos creí que no saldría con vida de ella. La fe hace milagros.
Salí de Coyhaique para Chile Chico el viernes pasado en un Twin Otter de la FACH (Fuerza Aérea de Chile) en el cual pude subir al último minuto por gentileza del piloto. Estaba feliz porque desde hacía varios días toda comunicación con casa estaba interrumpida por una nevazón, y la oportunidad era única para llegar en un santiamén.
El aparato estaba cargado de tambores de combustible y de cajas de mercaderías destinadas a O’Higgins, y me dieron el único asiento de la carlinga. Justo antes del despegue vinieron a colocar dos guaguas en mis brazos, una mujercita de unos diez meses y un muchacho de unos dos años. Sospecho que el piloto aceptó mi presencia a pesar de que el avión ya estaba sobrecargado, para que alguien se preocupara de esos niños. No eran hermanos, pero ambos habían sido operados recientemente en Santiago del mismo defecto, labio leporino, y los habían despachado de hospital en hospital sin acompañante, contando con las buenas voluntades, principalmente con la de la FACH tan dedicada a este tipo de ayuda. Se portaron muy bien: la chica era encantadora y se durmió en seguida sobre mi pierna derecha, mientras que el varoncito, sentado sobre mi pierna izquierda, no dejó de parlotear con una voz ronca. Para mi alivio, ninguno de los dos se hizo pipí.
Nadie en Chile Chico esperaba mi llegada ese día, así es que bajé de la cancha en la ambulancia mandada por el hospital para recibir a las guaguas.


Apareciendo sorpresivamente en casa, provoqué alegres exclamaciones. Vuestra madre, Mamina, de inmediato empezó los preparativos para acompañarme de vuelta a Coyhaique, pues pensaba quedarme solamente un par de días. Con este propósito le había pedido a Claudio Fisher que viniese a buscarme en su avión el lunes. Ese mismo día, él debía pasar a Balmaceda para recoger pasajeros que llegaban en el LADECO proveniente de Santiago. Volaríamos después con él hasta Coyhaique. Pero el lunes nevaba y el vuelo de LADECO se había atrasado, así es que Fisher no alcanzó a hacer el vuelo a Balmaceda antes de la hora cero. Dejando a los pasajeros buscándose alojamiento en uno de los “palacios” de Balmaceda, me avisó por teléfono que sin falta el día siguiente a las 08 de la mañana iría a buscarlos, los traería a Chile Chico y nos llevaría a Coyhaique a nosotros inmediatamente después. Pero como amaneció nevando, todo vuelo había sido cancelado.

Yo estaba nervioso porque tenía que finiquitar en el banco de Coyhaique una operación de importación. En estas circunstancias me enteré de que Raúl Atala estaba por viajar a Coyhaique a las 10 de la mañana en su gran jeep stationwagon, y fui corriendo a pedirle Raúl que me llevase.
- Cómo lo siento, don Pablo, es imposible. Ya tengo siete pasajeros y mi auto puede llevar a seis personas. Pero, vistos los riesgos de la temporada, viajaremos junto con el jeep de la Gobernación, y el Gobernador Gloschka quizás lo pueda llevar.
Me precipité a la Gobernación. Inmediatamente el Gobernador consintió de muy buena gana, pero unos pocos minutos más tarde, me mandó a informar que se vería obligado a postergar su viaje. Volví donde Raúl. Servicial como siempre, me dijo él:- Uno más, uno menos, estaremos un poco apretados, pero venga nomás!


Apretados ¡diablo que sí lo estábamos! Cuatro en el asiento delantero, cuatro en el asiento trasero. Los voy a nombrar a todos, porque cada uno de ellos tuvo su papel en la aventura que siguió. Adelante, apretados como sardinas en lata, Raúl como chofer, su mujer Rosa, Iván Cárdenas el aduanero y la señora Adriana, esposa del notario Gregorio Córdova. Atrás, también en estado de galletas, el agente del banco Víctor Barría y su hija de unos 15 años, el juez Luis Clerc y yo. Pero estábamos todos felices de poder viajar, no era el momento de ponerse exigentes “cual el tiempo tal el tiento”.

Salimos atrasados, como a las 11.30 hs. un pinchazo en Los Antiguos. Parada en Perito Moreno para arreglar el neumático, y cada uno aprovechó la espera para comer algún sandwich. Después, en la meseta, la ruta estaba ligeramente cubierta de nieve y bastante resbaladiza, y la velocidad se redujo. Al acercarnos al pueblito Lago Blanco, el espesor de la nieve aumentó sensiblemente, pero se notaba que una máquina de vialidad había limpiado recién la pista, y progresamos sin problema. Se levantó un viento fuerte y el frío era intenso afuera, pero la calefacción del auto era excelente y charlamos animadamente.
El sol se había puesto cuando alcanzamos Lago Blanco. Entramos en un boliche para preguntar el estado del camino más allá.- Ningún problema –nos contestó el bolichero -la máquina limpió el camino hasta la frontera.

¡La
linda mentira! A poca distancia de Lago Blanco, se desvaneció todo rastro de barrenieves. La potente Toyota avanzaba a duras penas, pero, a pesar de todo, progresaba. De vez en cuando se atascaba en un “bardón” de nieve y se necesitaba toda la pericia de Raúl para salir del paso. Prudente vaivén adelante y atrás, franqueamos el obstáculo. Avanzamos otro poco. He recorrido muchas veces esta ruta y la conozco bien, pero de noche y con la nieve que cambia el aspecto de todo, ya no sabía cuantos kilómetros habíamos recorrido desde Lago Blanco cuando penetramos en otro bardón decididamente porfiado y que no se dejó negociar. Esa vez estábamos “metidos adentro”, según la expresión consagrada por años de experiencia. Todavía no sabíamos hasta que punto.
Los tres más válidos, Raúl, Iván Cárdenas y yo, salimos del auto. La atmósfera era infernal, un viento acuchillando, un frío intolerable; proyecciones de nieve que abofeteaban horizontalmente, mil veces peor que una nieve cayendo verticalmente. Catástrofe: Raúl se dió cuenta que no había traído pala. A puntapiés o con las manos desnudas, liberamos las ruedas. Iván se deslizó debajo del auto y trató de despejar los diferenciales. A costa de penosos esfuerzos logró colocar un gato y armar las ruedas delanteras con cadenas. Después, los hombres empujamos el vehículo hacia atrás mientras Raúl embragaba paulatinamente. Pero no podíamos afirmarnos sobre la nieve resbaladiza y el resultado fue nulo. Varias tentativas en todas las direcciones no nos hacían ganar ni un centímetro. El frío nos congelaba, y para nada.


- Y pensar que la estancia Huemules está aquí tan cerca, después de la subida – dijo Raúl.
- ¡Tan cerca? Creo que está bastante más lejos. ¿Cuántos kilómetros calculas tu?
- A lo sumo tres kilómetros.
- Tres kilómetros... Quizás alcance a caminarlos, a pesar del temporal. Bueno, allá voy, trataré de conseguir un tractor para sacarnos de aquí. Pero apostaría que son por lo menos cinco kilómetros.
- No, no, no pueden ser más de tres.


Tenía mis dudas. Me explico: recordaba que Huemules estaba ubicada a un tercio del camino entre Lago Blanco y la frontera, y me parecía que ese tercio se contaba desde la frontera hacia Lago Blanco, y no lo contrario. Si yo estaba equivocado, efectivamente la estancia no podía estar muy lejos. Raúl, tan conocedor del camino como yo, se mostraba tan convencido que probablemente él tenía la razón. La cumbre de la cuesta estaba bastante cerca, ir hasta allá debía ser posible. Desde la cumbre, yo vería las luces de la estancia siempre bien iluminada. Si no veía nada, volvería al auto.
Conocía la regla: en estos casos, no abandonar nunca el refugio aún precario del vehículo sin estar muy seguro de poder llegar a alguna parte. Infrigí la regla, al principio para probar, después...mejor que les cuente por qué.


Mis guantes estaban en mi maleta que estaba sepultada bajo un montón de bultos atrás en el coche. Prácticamente era imposible sacar una cosa sin apilar primero todo a la intemperie, dejar el viento y la nieve engullirse adentro y congelar a los pasajeros ya medio paralizados. Bueno, prescindí de los guantes; total, tenía los bolsillos de mi parka. Tampoco pude ubicar mi gorro de piel de oveja. Iván me prestó un gorro boliviano, él tenía un pasamontañas. Raúl me dio una pequeña linterna de bolsillo, lo que era vital por supuesto. Era, además, la única que existía a bordo. Y ¡a la gracia de Dios!Mientras yo caminara, los otros seguirían tratando de desenterrar el auto colocando cadenas en las otras ruedas. Si tenían éxito, me alcanzarían. Me puse en marcha.
Los primeros metros fueron atroces. Los bardones eran cada vez más altos y más agotadores, perdía mis fuerzas hundiéndome en ellos y buscando la manera de rodearlos. Miré hacia atrás, total ya había recorrido cien metros ¿porqué no sería capaz de hacer treinta veces lo mismo? Avancé otros doscientos metros, paré y me di vuelta. Las luces del auto ya se veían débiles a través de la cortina de nieve. Mientras recuperaba el aliento, traté con mi pobre linterna de ver lo que me esperaba. Los bardones parecían mermar y en algunos lugares todavía se notaban los rastros de los últimos vehículos que habían pasado unos días antes. Era tentador seguir tratando, y muy poco tentadora la idea de volver al auto para pasar adentro una noche abominable. OK, caminaría otro poco.
La pista a veces desaparecía totalmente, y yo andaba por aquí y por allá buscándola. Pero iba progresando, los bardones disminuían, el paseo no era tan terrible. El frío me quemaba la cara y la mano que llevaba la linterna, pero mis ropas de invierno me protegían bien y sentía calor en el cuerpo. Pronto mis zapatos y mi pantalón se cubrieron de hielo, e increíble pero cierto, no sentía frío adentro.


La linterna alumbraba a muy poca distancia y no me daba cuenta si llegaba o no a la cumbre desde donde esperaba ver la estancia y sus luces, pero no divisaba nada ni a lo lejos. Poco a poco me di cuenta que estaba por cometer un grave error. Pero lo ya hecho había necesitado un esfuerzo tal, que pensé que también sería estúpido renunciar a lo conquistado. Volver sin haber solucionado nada, y el día siguiente, esperar ¿qué? La situación de mis compañeros de viaje tampoco era envidiable, había que sacarlos cuanto antes. A bordo tenían sólo unas galletas, el día siguiente sería peor todavía. Seguí caminando penosamente.
Estaba un poco asustado. Si me extraviase, si las pilas de mi linterna se agotasen, ya no podría volver a encontrar el camino, ni avanzar, tampoco volver atrás. La noche sin luna estaba muy oscura, pero en el cielo entonces despejado, brillaban millares de estrellas. Alto en el Poniente lucía el planeta Venus con extraordinaria nitidez, y me pregunté si llegaría a la estancia antes de que se pusiese en el horizonte. Seguí caminando, pensando que quizás a la próxima vuelta del camino divisaría algo.


Debo otra explicación. ¿Porqué me encargué yo, a pesar de ser netamente más viejo que mis compañeros, de una misión tan dura y riesgosa? La respuesta es muy sencilla: ningún otro podía emprenderla. El juez, 52 años, padecía de una ciática que de vez en cuando a lo largo del viaje, le provocaba gemidos de dolor. Víctor Barría, 39 años, había tenido recién un infarto. Su hija Fabiola de sólo 15 años, muy delicada, viajaba al Norte para operarse. Rosa de Atala, 35 años, sufría del corazón. Adriana de Córdova, 53 años, estaba esquelética y en todo caso no se trataba de una caminata apta para mujeres. Raúl Atala, 42 años, tenía una pierna herida y apenas podía ponerse de pie. Iván Cárdenas, 29 años, era robusto, pero era hombre del Norte de Chile, veía la nieve de cerca por primera vez y habría sido un mensajero con mucho riesgo de extraviarse. En verdad, con mis 63 años, yo era el único disponible y, a la vez, con cierta experiencia de la nieve.
Pensaba: si por lo menos parara este viento endiablado en contra ¡qué alivio! La tentación era grande de darle la espalda y volver, el aire me empujaría y me ayudaría.


Estaba llegando a lo que me pareció ser “la próxima vuelta”. Me acostumbraba a la oscuridad y Venus estaba tan brillante que a veces distinguía algo del camino y podía a ratos economizar pilas. A lo lejos se veía el faro giratorio rojo del aeropuerto de Balmaceda, a unos cuarenta kilómetros. Mi andanza había empezado a las 18.30 hs. en punto. Después de una hora de marcha extenuante, adiviné una silueta extraña al borde de la pista: ¡un letrero caminero! Por fin iba a poder ubicarme. La cara opuesta del letrero decía: LAGO BLANCO 13 KMS.
Quedé estupefacto: sólo trece kilómetros. Estimé que, a pesar de los obstáculos, había andado unos tres kilómetros, y la estancia, o estaba a dos pasos, o si no, conforme a mi primera impresión estaba más cerca de la frontera que de Lago Blanco, y a una docena de kilómetros todavía. Doce kilómetros en esas condiciones, no, imposible, estaría muerto antes. Pero ¿si estuviese al lado y apareciera de repente? Apoyado al palo del letrero reflexioné un rato. Caminar de vuelta era la opción prudente, pero significaba fracasar y posponer el problema al día siguiente, en condiciones peores de agotamiento. Continuar adelante, si la estancia estaba tan lejos todavía, era sencillamente correr el riesgo de la vida. Algo era evidente: esos tres kilómetros que acababa de recorrer, tenía que hacerlos en todo caso en un sentido o en el otro, y me sentía con fuerzas suficientes para emprenderlos; yendo en dirección de Chile, si no se veía la estancia, estaría por lo menos muy cerca, y la alcanzaría totalmente agotado, pero la alcanzaría. ¡Adelante entonces!


Linda la teoría, pero cada paso me costaba más. Ningún dolor, pero entumecimiento y cansancio crecientes. Inopinadamente vi un brillo débil en el cielo más allá de una cumbre. Ese brillo sólo podía provenir de la estancia. Pero ¡Dios! que parecía lejos... Sin embargo, esa señal me dio una inyección de ánimo, a pesar de que estimaba la distancia en una decena de kilómetros.
- Esos diez kilómetros, que diablos, los haré. ¡Los haré!


Las horas siguientes están un poco confusas en mi memoria. Me entumecía cada vez más, andaba como autómata. Trataba de prender la linterna sólo para breves destellos, pero para mis dedos entumecidos, el simple gesto de oprimir el botón se hacía difícil. Pasaba la linterna de una mano a la otra, para alternarlas en los bolsillos de la parka. Cuando paraba la marcha, la sola interrupción del ritmo me hacía perder el equilibrio y me caía tontamente. Reflejo condicionado: al tiro me ponía de pie, acordándome que si uno trata de descansar con ese frío, puede dormirse para siempre. El paseo se convertía en una pesadilla. Pasó una hora, y otra, y otra más. Medio inconsciente calculaba lo recorrido con el reloj. El reflejo vago de las luces de la estancia en el firmamento había sostenido mi ánimo durante una hora, pero ahora había desaparecido. ¡Se habría acostado toda la gente? O ¡estaba yo en un hoyo del terreno? Lo peor tenía que sucederme todavía.
Miré la hora: ¡las 22 horas! Increíble, el suplicio ya había durado tres horas y media, y yo resistía todavía. Pero inquietante constatación: mi ojo izquierdo estaba ciego, la oscuridad total. Probablemente helado. Si me pasara lo mismo con el otro, estaría frito. Ahora para colmo, el camino tenía una fuerte subida, el espesor de la nieve crecía más y más, cada paso me exigía un esfuerzo cada vez más intolerable. Me desencadené en voz alta y furiosa en contra del viento, de la nieve, de esa subida que era una tortura, en contra del camino que se me extraviaba a cada momento. Creí que estaba perdido de verdad. Pensé en las cosas que tenía en regla, y en las que no lo estaban, y haciendo el balance me vino a la mente que si tenía que morir ahora, sería quizás una bella muerte. Pensé en ustedes, mis hijos, y me di cuenta que en las mismas circunstancias ninguno de ustedes habría actuado de otra forma, y que Mamina y yo, a pesar de todos nuestros defectos, los habíamos sacado adelante, y que si me iba para siempre ese maldito miércoles 9 de julio de 1975, el balance total sería positivo.

Y “¡m... y m...!” me caí cinco veces seguidas. Y me puse de pie a pesar de todo, rabiando en voz alta, aliviado de constatar que el ojo derecho seguía funcionando. La quinta vez me pareció ver de nuevo más allá del final de la subida, un cierto resplandor. Un último esfuerzo. No había duda, allá estaba la estancia Huemules, cuyas luces parecían esta vez muy cercanas. Un kilómetro a lo sumo. Estaba gritando.
- Ese kilómetro, cueste lo que cueste ¡lo voy a hacer!
El camino iba bajando ahora, era menos penoso. Podía economizar la linterna, bastaba andar en dirección a las luces. Justamente a este momento desde lejos vi abrirse una puerta y apareció la silueta de un hombre en la pieza fuertemente iluminada. El hombre cerró la puerta y casi inmediatamente se apagó la luz en toda la estancia. En Argentina tienen una hora adelantada sobre Chile, y para ellos ya sería muy tarde, todos debían estar por irse a la cama. Por si acaso empecé a hacer señales con mi linterna. Pero era apenas un pobre pabilo, habría necesitado mucha suerte para que en esos instantes alguien mirara en mi dirección y las viera.
Progresaba a pasos contados y seguía inútilmente haciendo círculos con la linterna. Cuando faltaban unos doscientos metros, dos perros se pusieron a ladrar. ¡Perros de mi corazón! ¡cuánto ánimo me dieron ustedes! No hay perros sin humanos ni humanos sin fuego. Desde hacía horas me atormentaba una sola aspiración: sentarme al lado de una estufa tan pronto hubiera podido mandar socorro a los del auto.


La estancia Huemules es una de las más lindas de la Argentina. No había visitado nunca sus construcciones que ocupan varias hectáreas. Conocía solamente el galpón de esquila, al lado del camino, y fue el primer edificio que alcancé. Ahora que estaba sólo a unos pasos, los tontos de los perros se habían callado. En la presente temporada el galpón de esquila forzosamente estaría vacío. Empecé a llamar. Nada.
Más a la izquierda se adivinaba la sombra de varios edificios, pero no pude identificar en cual había visto abrirse una puerta. Pasé una tranquera y fui arrastrándome de un lado a otro. Tropecé contra una carreta grande en medio del patio. Llamaba continuamente, pero el viento soplaba con violencia y mi voz debilitada tenía poco alcance. Seguí una pista, pero esa llevaba a pleno campo. Regresé yendo ahora de una casa a la otra, golpeando todas las puertas y tratando de abrirlas, sin éxito. Un mundo muerto.
En pleno invierno una estancia tiene muy poca gente, pero siempre quedan algunos cuidadores. Me encontraba de nuevo al lado de la tranquera. Me pareció divisar un poco de luz en una casa detrás de una cortina de árboles. Traté de dirigirme hacia ella sin perderla de vista pero me encontré pronto fuera de cualquier huella y con nieve hasta la cintura.
_Abrevio
: tuve que gastar el resto de mis fuerzas en ese último esfuerzo. Cuando finalmente vi delante de mí una sombra grande que debía ser la casa de administración, empecé a llamar en todos los idiomas que conozco (los administradores de estancia son a menudo descendientes de extranjeros):
- ¡Ayuda por favor! Help, please! Hilfe! Au Secours!
Una ventana se alumbró, una puerta se abrió. Apareció un hombre, el torso desnudo. Me hizo entrar. La pieza estaba tibia con un buen fuego a leña. El paraíso.


Su mujer estaba acostada en una cama al fondo de la pieza, ni la había visto. Ella contó después que mi aspecto era bastante aterrador. Vio entrar a un fantasma todo blanco de nieve y hielo, con un ojo ensangrentado, y que se arrastraba más que caminaba. El hombre me dio una silla, y lo que soñaba desde hacía horas se hizo realidad: estaba sentado al lado de un fuego. El agotamiento me provocó un estremecimiento incontenible, y los músculos de las piernas por fin relajados, se acalambraron haciéndome gritar de dolor. Ese calambre pasó pronto. Contó también la muchacha que yo metía las manos adentro del mismo fuego, sin sentir nada. La buena gente del campo es a menudo crédula e ingenua. Ante mi comportamiento raro y mi apariencia, estaba convencida de que por primera vez se encontraba frente a un auténtico fantasma salido de la tumba y del infierno, y le costó al día siguiente convencerse que mi persona era un humano común y bien vivo.
Mientras el mozo iba a avisarle a su patrón, me puse a deshacerme del hielo y de la nieve que envolvían mis piernas. Se derretía la capa de nieve y me encontraba en medio de un charco de agua cuando apareció en pijama el administrador “don Pedro”, alto y rubio de unos treinta años, eminentemente simpático. Me llevaron a la cocina, me sacaron los zapatos y mientras descansaba con los pies dentro del horno de la estufa, conté mi odisea. No me creyó cuando le dije que venía de más allá, mucho más allá del letrero que indicaba “Lago Blanco 13 kilómetros”.
- Ese letrero – dijo - está a once kilómetros de aquí.
Es decir que había caminado catorce kilómetros en condiciones espantosas. Eran las doce y media de la noche, había andado durante casi seis horas. El termómetro marcaba 12 grados bajo cero (bajaría a 18 esa misma noche).

Expliqué que siete personas más, todas incapaces de caminar, estaban helándose allá. Pregunté si no tenía un tractor para sacar el auto del hoyo en que su vehículo estaba metido. Dijo que no en esa temporada; tenía un jeep, sí, pero lo había dejado en reparación en Lago Blanco. Lo que haría, sería tratar de llegar al lugar con su gran camioneta Ford y transportar a todo el grupo para pasar el resto de la noche en la estancia.

Fue así que sin vacilación, después de haber despertado a dos peones para que le acompañasen, con ese sentimiento de solidaridad tan característico de la Patagonia, Pedro Schmall (después supe su nombre), emprendió la otra aventura que sería el rescate de los pasajeros del Toyota, sin pensar en el frío intenso ni en el riesgo de quedar él a su vez empantanado en el trayecto. Salió menos de media hora después.
Entretanto había aparecido su esposa, una bonita y joven señora con una gran distinción innata, muy equilibrada y maternal, la que se encargó de inmediato de reponerme; un gran vaso de whisky, una sopa caliente, ropa seca, y me sentí otro hombre. Con el whisky desapareció la tiritona del cuerpo. Me instaló en una cama mullida con guatero (bolsa de agua caliente). Pensé que en el mismo paraíso uno no podía sentirse mejor.
Por supuesto no pude dormir nada; todos mis miembros me dolían y me quedé despierto esperando escuchar la vuelta del Ford y del Toyota. Me relajaba en una comodidad escandalosa mientras los otros allá sufrían un martirio. Varias veces en la noche vino la gentil señora Inés a ver como me recuperaba. La muchacha Josefina jura que, cuando me oyó gritar, repetía:
- Ayuda, don Pedro, por favor!
Lo que me parece imposible, visto que ignoraba totalmente que se llamaba Pedro, pero soy incapaz de recordar las cosas incoherentes que gritaba. Quizás ¿en casos extremos tiene uno intuiciones?


Volvamos al Toyota y sus pasajeros. Raúl e Iván, quienes habían trabajado afuera, estaban empapados; pero la calefacción funcionaba y tenían una reserva suficiente de combustible para dejar andando el motor. El problema era que el vehículo se enterraba poco a poco en el bardón que se formaba alrededor, y la nieve se infiltraba adentro por todas partes.
A medida que pasaba el tiempo, como todos creían que la estancia estaba a dos pasos, empezaron a preocuparse por mí, pensando que me había extraviado, pues si ella no estaba muy cerca yo iba a quedarme sin luz. Y ¿después qué?
Cuando luego de muchas horas de espera angustiosa, vieron por fin las luces del Ford, se creyeron salvados. Pero éste no alcanzó a llegar hasta ellos, ya que la nieve estaba realmente infranqueable en el lugar. Muy sabiamente, Pedro Schmall se detuvo antes de enterrarse también, y con verdadera desesperación, los otros lo vieron maniobrando para dar la vuelta. Creyeron que no los había visto y se pusieron a hacer llamadas histéricas con los focos. Pero Pedro los había visto perfectamente, y con sus hombres y todo un equipo de palas y herramientas se acercó a pie. Inmediatamente se dieron cuenta que en plena noche no alcanzarían a liberar el auto. Los dos vehículos distanciaban unos trescientos metros entre ellos, así es que se transbordaron todos de un vehículo al otro. Caminar solamente esos trescientos metros fue para la mayoría una temible prueba. Entre varios tuvieron que llevar en brazos a la señora Adriana. Temblando de frío instalaron a las señoras en la cabina de la camioneta, y los hombres atrás bajo la cúpula, una heladera. Emprendieron el viaje de vuelta, y apenas habían recorrido unos metros cuando la Ford también se enterró irremediablemente. Tuvieron a su turno que esperar la luz del alba.


En la cabina calefaccionada el frío era soportable a pesar de la ropa mojada, pero atrás era intolerable. Les recuerdo que escarchaba dieciocho grados bajo cero. Raúl no lo soportó más y propuso a los que preferían, volver al Toyota con él. Allá por lo menos podrían calentarse. Don Luis Clerc, Iván y Victor Barría no se atrevieron a rehacer la caminata. Dos peones de la estancia acompañaron a Raúl. Mala suerte, mientras tanto el motor del Toyota se había congelado y no hubo caso de hacerlo andar para que pudiese funcionar la calefacción, así es que ellos también pasaron horas abominables.
Mientras tanto en Huemules, para mi gran alivio, yo recuperaba la vista del ojo congelado. Al principio veía sólo vagamente la luz de las bombillas eléctricas, pero a medida que me calentaba, volvía paulatinamente la vista. Menos mal, no había daño definitivo.
Antes del alba, la señora Inés, inquieta, mandó un hombre a caballo con tres termos de café, ropa y frazadas. El hombre volvió dos horas más tarde con la orden de mandar a toda la gente disponible y una tropilla de caballos, cuerdas y lazos. Al mediodía, los vimos llegar, encabezados por don Luis, que no había perdido nada de su sentido del humor, y a la cola la señora Adriana, todos helados y agotados. Uno tras otro me abrazaron agradeciéndome con emoción sincera la prueba de la noche. Un sólido almuerzo nos esperaba. Para mí, que había empezado el día con un desayuno en la cama, la odisea había terminado horas antes. Me quedaba sólo una tiesura tan completa de las piernas y de la espalda que no me podía mover sino apoyándome de un mueble al otro.
Ese día estábamos todos demasiado cansados para hacer cualquier cosa. Eramos recibidos como reyes y por ángeles. La casa es antigua –más de 50 años- pero inmensa, con ocho dormitorios, tres baños, un living amplísimo y una veranda con vista sobre el campo, todo con calefacción central y amoblado con lujo español. Es sin lugar a dudas una de las estancias más lindas de los Menéndez de Punta Arenas, Pedro Schmall la administra. Es argentino de ascendencia alemana y encontró a su mujer chilena en la casa de unos amigos en Coyhaique, ella era profesora en la escuela de Balmaceda. Se casaron hace tres años y tienen dos guaguas, una encantadora Barbarita de dos años y un varoncito robusto de tres meses que me recuerda a mi nieto Paul. La señora Inés va todos los días a Balmaceda donde sigue ejerciendo. La caída de nieve impedía el trayecto desde hacía unos días. El día anterior a nuestra aventura, había hecho una tentativa para reconocer a pie el estado del camino. Anduvo un kilómetro y me contó que había vuelto agotada, y eso en pleno día.
Gregorio, principal capataz de la estancia y que la conoce desde hace cuarenta años, apenas podía creer mi historia. En el curso de su larga carrera en el lugar, había visto casos análogos, me dijo, pero entonces generalmente quien vive tal aventura termina por descansar detrás de una mata y espera la luz del día. Si escapa con vida, por lo menos tiene uno que otro miembro congelado. En el caso contrario, mala suerte nomás, generalmente no se despierta. Felizmente, eso yo lo sabía...
Por haber pololeado con la muerte, la urgencia de mis cosas en Coyhaique me parecía muy relativa. Total, el invierno es el invierno, uno depende del clima, mis clientes lo entenderían. Era mucho más urgente hacer saber en todas partes que estábamos sanos y salvos. La única carencia de la estancia Huemules es de no tener un radiotransmisor, pero con la proximidad de Balmaceda, no es tan vital.Mientras tanto en Chile Chico, en Coyhaique y en Santiago, nuestra desaparición empezaba a agitar las mentes. Mamina, por una parte y el esposo de la señora Adriana por la otra, habían empezado a mover cielo y tierra. En Santiago, mi hijo Pierre también se había movido. Toda la red de radioaficionados estaba en alerta. Nuestro pasaje por Perito Moreno se había señalado, pero después seguían 250 kilómetros de camino donde nuestra andanza había sido tan discreta que nadie nos había visto y donde por lo demás, tampoco habíamos cruzado a nadie. Pierre había tomado la iniciativa de solicitar al Comandante del regimiento de Coyhaique un helicóptero para ubicarnos, pero le respondió que era necesario contar con autorización para sobrevolar territorio argentino. Se comunicó entonces con el Ministro de Relaciones Exteriores quien a su vez llamó a Buenos Aires. Estas gestiones demoraron todo y afortunadamente, no fue necesario el helicóptero. Por su parte, los carabineros tratarían de pasar con un jeep. Sospechábamos que todos nuestros parientes debían estar revolviendo el gallinero. No imaginábamos hasta que punto.
En la tarde del segundo día, nos reunimos para examinar nuestra situación.
Al día siguiente Pedro Schmall trataría de llegar a la gendarmería fronteriza con su camioneta, acompañado de su esposa y de don Luis, el juez. Si no podían pasar, se mandaría un peón a caballo con una nota del juez solicitando de las autoridades del aeropuerto una máquina para extraer el auto y remolcarlo en los pasos difíciles. El mismo jinete llevaría también un mensaje nuestro para tranquilizar a nuestras familias.
Paso sobre los detalles. El viernes el día amaneció radiante y se pudo cumplir con ese programa. Por su lado, Raúl volvió a caballo con dos peones hasta su coche. Lo encontraron completamente sepultado bajo la nieve, y con palas empezaron a desenterrarlo. En esos momentos apareció una máquina de la vialidad argentina que sacó el Toyota a terreno firme en unas pocas maniobras. Raúl estaba muy inquieto por su motor, temiendo encontrarlo roto por las intensas heladas. Pero el anticongelante, y quizás la misma envoltura de nieve, lo habían protegido. Una vez descombrado, el motor intacto arrancó en seguida. La máquina de vialidad siguió despejando el camino hasta la frontera, y en la tarde, Raúl llegó felizmente a la estancia. Al otro día salimos todos, apilados de nuevo en el auto. Llegamos en la tarde a Coyhaique, sin más dificultad. Cada uno llamamos por teléfono a nuestras familias y contamos detalles de lo ocurrido.
Nos cotizamos para mandar a Huemules una caja del mejor vino chileno que pudo encontrar Raúl, que acompañada de una carta que trataba de expresar nuestra inmensa gratitud, enviamos al matrimonio Schmall. ¡Por Dios, sí! Existe una caridad que viene del corazón.
En aventuras como esa se aprende a conocer a la gente. Pude también valorar a mis compañeros de viaje. Cada uno reveló lo mejor de sí mismo, en medio de circunstancias adversas y sufrimiento reales. A ellos también, por supuesto, va mi amistad y aprecio.
La radio Patagonia de Coyhaique esa misma noche contó algo de nuestra aventura, diciendo que yo había caminado 17 kilómetros en la nieve espesa de esa noche un tanto atroz. Lo que demuestra que a los reporteros de todo tipo les gusta exagerar un poquitín las cosas, y que generalmente conviene descontar un porcentaje cuando citan cifras. Puedo afirmar que, medidos con exactitud matemática, fueron sólo 14 kilometritos. Es cierto que si Huemules hubiera distado a tres kilómetros más, yo no estaría aquí para dar testimonio de esta historia.


Cariños a todos ustedes, mis queridos hijos.


(
carta dirigida a sus hijos y otros familiares residentes en Gantes, Los Antiguos, Bruselas, Sao Paulo y Santiago, y a la pandilla de sus nietos y bisnietos a medida que sean capaces de leerla).

paola0 comentarios

 

jueves, 26 de marzo de 2020

Un libro fueguino

Este libro me lo regalò mi amigo Daniel de Rìo Gallegos, en el año 2009, ya han pasado 11 años y con el encierro obligado, estoy releyendo muchos libros.
Este, es una compilación realizada por Arnoldo Canclini, quien además fue el traductor, de las publicaciones mensuales realizadas  por la Sociedad Misionera de Sud Amèrica, y en la mayoría de los casos contiene los escritos del Reverendo Tòmas Bridges .Es una verdadera joya en cuanto a los relatos que hace Bridges dela vida en Tierra del Fuego.
Fue editado por Zagier & Urruty y la verdad, pese al prestigio de la editorial, tiene unas cuantas fallas, como párrafos cortados.No obstante eso, vale la pena adquirirlo y leerlo.Se los recomiendo



 

jueves, 27 de febrero de 2020

Los Galeses argentinos

Este libro, regalo de mi amigo Marcelo Gavirati de Puerto Madryn, es una compilación realizada por Marcelo Gavirati y Fernando Williams. En èl se presentan  catorce ensayos sobre los galeses, realizados por distintos académicos. El libro en si, es muy interesante, ya que aborda desde el momento que ellos se organizan en Gales para emigrar a la Patagonia, pasando por su llegada, los sufrimientos, el coraje, su relación con los tehuelches y los pampas, sus costumbres religiosas, su denodada lucha por mantener el idioma, sus litigios con el Estado argentino, y también la construcción y descontrucciòn de una identidad. El libro es muy interesante para quienes nos preocupa conocer la historia de la Patagonia como un todo, eso si, resulta un poco difícil de leer por lo complicado de los nombres en galés y también porque el libro tiene un lenguaje académico en algunos de los ensayos que por momentos no lo hace ameno. En lo personal, el libro fue de mi agrado y lo recomiendo a todos los estudiosos dela Patagonia.. No sè si se vende en librerias, pero de seguro lo encuentran en las  bibliotecas delaProvincia de Chubut



martes, 25 de febrero de 2020

Una historia novelada


Esta es la `portada 228 que publico en esta página, me quedan muchos libros, tal vez demasiados, para publicar y recomendar.No conozco al autor, pero si conozco a la familia Chible, hijos y nietos de don Abraham.
El libro lo adquirì en La Libreria, de Prat 150 en Coyhaique y lo lei  como se dice " de un tiròn".Bien escrito, ameno y coloquial, es una novela basada en la historia de don Abraham Chible, que a ratos se aleja bastante de la verdad, pero es eso, una novela y no una biografìa. Me gustò y lo recomiendo

Ocurrencias



Ya les he contado que soy seguidora y admiradora delos libros de Mario Echeverria Baleta.Sin embargo, este libro me decepciono, tal vez porque se sale  de la temática que ha tenido siempre y se adentra a  escribir sobre otros temas y hace un poupurri entre dichos, refranes y chistes, que en realidad no entusiasman al lector. Echeverrìa Baleta es un gran conocedor del mundo tehuelche y en general sus libros son apasionantes, pero este, que me trajo de regalo mi amigo Daniel, no fue de  mi gusto.

jueves, 13 de febrero de 2020


Estoy re contenta con la nueva ediciòn de mi libro Hijos de Aysèn que realizò la  Sub Secretaria del Patrimonio Cultural, del Ministerio de la Cultura, las Artes y el Patrimonio, Solo me queda agradecer por ese tremendo honor. Yo tengo muy pocos ejemplares, ya que el libro se distribuira en las bibliotecas, pero yo feliz por ello

viernes, 24 de enero de 2020

CUENTAN LOS CHONQUES

Este es un entretenido libro de Mario Echeverrìa  Baleta, autor argentino de Rìo Gallegos, a quien tuve el gusto de conocer hace màs de treinta años. Su temática siempre esta relacionada con los tehuelches y en el caso del presente libro, son relatos y leyendas recopilados en sus infatigables viajes.Un buen libro que de seguro debe estar en varias librerías de la Patagonia Argentina







miércoles, 22 de enero de 2020

Un Clasico .EN EL CORAZON DE LA PATAGONIA

Me costo mucho conseguir este libro, y la verdad es que el relato de Hesketh Prichard no puede estar ausente en una biblioteca dedicada a la Patagonia. Editado por Zagier &Urruty, el libro contiene las fotos y mapas de la versión original de 1902.

lunes, 20 de enero de 2020

RODOLFO CASAMIQUELA

Yo lamento no haber conocido a don Rodolfo Casamiquela, un gran etnologo, investigador e historiados de la Patagonia. Dedicô su vida a buscar información sobre el verdadero pueblo originario de nuestro territorio, los tehuelches, y lamentablermente, mas de algún scrache sufrió por parte de reducidos grupos de mapuches, que se arrogan el titulo de pueblo originario de este vasto territorio llamado Patagonia.
He seguido su obra por muchos años y cada vez que veo uno de sus libros, lo compro sin ninguna duda,
Esta biografìa nos adentra en el ser humano que fue don Rodolfo, un hombre sencillo, que nunca invadió los espacios íntimos de sus entrevistados, que recorrió miles de kilómetros buscando antecedentes y que lamentablemente falleciò demasiado joven.
La presente biografía està escrita por su hermano Renè, en conjunto con  Leda Garrafa, ambos profundos conocedores de Rudy como le decìan. Vale la pena adentrarse en sus paginas y conocer al hombre, comùn y corriente, màs allà del cientìfico de renombre mundial.
Don Rodolfo trabajò en Chile,en la Universidad de Concepciòn y tenìa un vinculo especial  con los chilenos.
Les pido a mis amigos del blog, que si ven alguna obra de èl, me avisan para gestionar su compra, ya que junto a Mateo Martinic, creo que son los dos hombres màs importantes delas Cirncias Sociales y el conocimiento de la Patagonia Chileno.Argentina.